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EL REGIMEN QUE HORRORIZO AL MUNDO
En algunos medios se ha sostenido que los talibanes impusieron en Afganistán un sistema medieval. Pero la afirmación no sólo es inexacta, sino además extraordinariamente benévola. Resulta imposible remontarse a época histórica alguna en que la institucionalización del absurdo mediante la crueldad y el crimen alcanzase dimensiones similares. El fanatismo de "los estudiosos del Islam" empujó a un estado con consecuencias imposibles de borrar.

En un país, ya de por sí asolado tras los numerosos conflictos previos y con un trágico atraso de siglos, los frutos de tal periodo no pudieron ser más descorazonadores: inestabilidad social (un millón de desplazados y tres y medio de refugiados en los últimos veinte años sobre un total de 24 millones de habitantes), hambre (sólo un 10% de la escarpada superficie del territorio nacional es cultivable y diariamente avanza una grave desertización, agudizada desde la tala masiva de árboles que realizaron las tropas soviéticas en las zonas más fértiles durante la ocupación), insalubridad (apenas el 12% de la población contaba con acceso a agua potable y la tasa de mortalidad infantil era la más alta del mundo: una cuarta parte de los niños morían antes de cumplir los cinco años) y miseria (más de la mitad de los afganos carecía de trabajo; únicamente 24 kilómetros de ferrocarril y deficientes pistas de arena a modo de carreteras discurriendo por un paisaje falto de puentes y túneles conformaban un país sin infraestructuras básicas).

A tan graves deficiencias, cabe añadir la persecución contra la cultura. El 75% de la población quedó sumida en el analfabetismo, una de las tasas más elevadas del planeta. Unicamente un niño de cada tres y una niña de cada veinticinco recibían educación. Nada más llegar al poder, en 1996, las milicias cerraron 73 escuelas -de "puertas al infierno" las calificaban- tan sólo en la capital, Kabul. La medida afectó a 250.000 estudiantes y arrojó al paro a 7.800 profesoras.

Junto a la ineptitud política que, lejos de arreglar los problemas, empeoró la situación, los talibanes dictaron férreas normas emanadas de una distorsionada y rígida interpretación de los textos coránicos. Por su estricto cumplimiento velaba celosamente la Policía religiosa, cuya estructura estaba calcada de la del servicio de espionaje que antaño desarrollara el gobierno soviético de ocupación. Su eficaz tarea se basaba en promover la delación de conductas infractoras en todos los niveles (vecindario, trabajo, familia) de una nación amordazada por el miedo, donde los ahorcamientos, degüellos y demás formas de ejecución pública eran corrientemente realizadas en estadios para aleccionamiento de las masas presentes.

Estas fueron algunas de sus leyes:

   - Prohibición de escuchar música, ver cine y televisión (denominada por ellos "la caja de Satán").

   - Obligación de acudir cinco veces diarias a rezar a la mezquita (un hombre encontrado en la calle durante la hora de la oración se exponía a ser apaleado hasta morir).

   - Prohibición del afeitado y obligatoriedad de la barba en los hombres, de una medida mínima suficiente como para albergar un puño bajo la barbilla.

   - Indumentaria islámica y gorra en los varones. Los jóvenes, además, debían raparse el pelo.

   - Toda persona con nombre no islámico estaba obligada a cambiárselo.

   - Prohibición de adiestramiento y cuidado de aves. Su desobediencia acarreaba automáticamente el sacrificio de éstas y encarcelamiento para el culpable.

   - Prohibición de volar cometas.

   - Al animar a los deportistas en las competiciones, el público debía cantar entre aplausos Allah-u-Akbar (Dios es grande).

   - La homosexualidad se penaba con el derribo de una pared de piedra sobre los condenados.

Además de tan delirantes normas, emitidas con carácter general para toda la población, la mujer fue destinataria de otras aún más estrictas y vejatorias que la reducían a un estatus apenas superior al de mero utensilio. Los castigos contemplados para las siguientes faltas variaban desde la paliza y los insultos públicos hasta la ejecución por lapidación (como el reservado para las acusadas de adulterio):

   - Obligación (bajo sanción de 40 azotes) de vestir una túnica larga, el velo iraní o burka. Con más de 7 kilos de peso, quedaba ceñida a la cabeza y cubría hasta los pies, pues estaba prohibido mostrar los tobillos. No podía ser de colores vistosos ("sexualmente atractivos") y una angosta rejilla era la única abertura al mundo de tan angustiosa prisión textil ("El rostro de una mujer es una fuente de corrupción para los hombres que no son familiares suyos", justificaba un representante talibán a periodistas extranjeros).
La imposibilidad de adquirirlo por lo elevado de su precio, equivalente al salario mensual de un funcionario estatal, no eximía de su utilización. Esta medida se inauguró con la retransmisión (a través de la emisora Radio Voz de la Shari'a), en diciembre de 1996, de la noticia de que 225 mujeres habían sido detenidas por violar esta norma y torturadas con azotes en la espalda y en las piernas. Su difusión tuvo inmediatos efectos disuasorios como advertencia para el resto.
Los conductores de transportes públicos tenían prohibido recoger pasajeras que no portaran la preceptiva indumentaria so pena de arresto, además de los castigos que pudieran imponérseles también a los maridos de las infractoras.

   - Instauración de la figura del "mahram", pariente masculino cercano (padre, hermano o marido) sin cuya presencia la mujer no podía salir a la calle ni realizar actividad alguna en el exterior del hogar.

   - Prohibición de trabajar fuera de casa aplicable a todas las profesiones (incluyendo profesoras, ingenieros y demás tituladas). El gobernador de Herat lo explicaba así: "el trabajo de una mujer es cuidar a sus hijos. La mujer es una flor que debe permanecer en la casa, en agua, para que el hombre al regresar huela su perfume".
Esta medida adquiría tintes de especial dramatismo para el sector de las viudas, más de 45.000 en Kabul, que sin posibilidad de ganarse el sustento y con un promedio de seis miembros a su cargo entre hijos y, en muchos casos también, heridos. Sin otra salida, mendigaban por las calles.
Las pocas médicos y enfermeras que tenían permitido trabajar en ciertos hospitales de Kabul, solamente podían tratar a otras mujeres, no podían entrar en las áreas donde estuviesen internados hombres y tenían prohibido consultar diagnósticos con sus colegas masculinos, excepto en contadísimas ocasiones por extrema necesidad y utilizando en todo momento al dirigirse a ellos el consabido burka.

   - Prohibición de cerrar tratos comerciales con hombres y de ser asistidas medicamente por varones. En la práctica esto se saldaba con la ausencia de atención sanitaria a muchas mujeres allá donde se carecía de doctoras, o dispensando tratamientos en condiciones deficientes, mediante la presencia de un pariente que hiciese de intermediario entre la paciente y el médico, quien no podía ver ni tocar otra parte del cuerpo femenino que no fuese la zona afectada ("He vivido situaciones tan ridículas como tener que diagnosticar a una madre pidiéndole a su hijo que le palpara la rodilla dolorida y me transmitiera sus sensaciones, para no tocarla", relató un galeno de Kabul).
La situación venía especialmente agravada por la exclusión femenina de escuelas y universidades, con lo que no se licenciaban nuevas profesionales de la salud y quedaban sin cubrir las plazas de cuantas se jubilaban.

   - Prohibición de emplear cosméticos. En ocasiones se llevaron a cabo ejemplarizantes amputaciones de dedos a las que sorprendieron usando esmalte de uñas.

   - Prohibición a la mujer de practicar deportes o acceder a un centro deportivo.

   - No podían asomarse a los balcones de su casa, cuyas ventanas, además, debían ser opacas para no ser vistas siquiera desde fuera.

   - Tampoco podían reír en voz alta (ningún extraño debía escuchar la voz de una mujer) ni calzar zapatos de tacón, pues no podían ser oídas al caminar.

   - Prohibición de viajar junto a los hombres en el autobús (en la práctica, esto se resolvía con la instalación a bordo de cortinas separadoras).

   - Prohibición de acudir a las mezquitas. Las cinco oraciones diarias obligatorias debían realizarlas en el hogar.

   - Prohibición de hablar o estrechar la mano a un hombre que no fuese su mahram.

   - Prohibición de lavar ropa en ríos y plazas públicas.

   - Prohibición de representar imágenes de mujeres impresas en revistas y libros o colgadas en los muros de casas y tiendas.

Donde quiera que haya un fanatismo, del tipo que sea, pueden volver a reproducirse hechos así. Y, aunque la Humanidad nunca aprende de sus errores, debería comenzar a intentarlo.
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