|
| LA MARCHA
DE UN GRANDE |
Hoy, 21
de Febrero de 2005, acude la noticia sobre el fallecimiento de un
grande: Guillermo Cabrera Infante.
Cubano de nacimiento y de corazón, ha partido en su último
viaje desde la lejana ciudad de Londres, donde llevaba residiendo
cuarenta de sus setenta y cinco años. No podía pisar
su tierra desde que decidió contar las verdades sobre el régimen
de Fidel Castro, y éste le condenó a no volver. Ser
demócrata y de Cuba es combinación que sólo puede
ejercerse desde la lejanía. Celia Cruz lo supo bien.
Era autor de pluma inteligente y vivaz, de adjetivo certero volcado
en una amenidad rayana en lo inagotable. Viajar a lomos de su prosa
es hacerlo entre vocablos sonoros, caribeños, casi selváticos,
que le valieron premios importantes y reconocimiento mundial. Imposible
olvidar, por ejemplo, su excelente recopilación de críticas
cinematográficas -pues amaba el cine sobre otras muchas cosas
de esta vida que ahora le abandona-, publicadas en forma de libro
bajo el título de "Un oficio del siglo XX" y leída
años atrás. Es una delicia. Además de un auténtico
tratado sobre el Séptimo Arte con incuestionable valor. Esta,
junto con otras muchas obras suyas (principalmente novelas, el género
que más cultivó), han devenido en pilares fundamentales
de la literatura latinoamericana contemporánea, que no puede
entenderse ya sin su preciada aportación.
Sobre este último viaje suyo, había revelado una vez
a un importante medio: "Todo lo que sea póstumo, no me
alegra. Me alegra todo lo que pueda ser celebratorio en vida, pero
después de muerto no creo que yo vaya a aspirar a una especie
de permanencia literaria, a una suerte de celebridad después
de muerto".
Cabrera Infante denunció como pocos la realidad del castrismo,
del que se fue apartando hasta su ruptura total con unas duras declaraciones
en el diario argentino "Primera Plana", en 1968. Desde entonces,
sus libros están prohibidos en el país caribeño
y se persigue implacablemente a quien, simplemente, los posea. Los
padres del ahora fallecido escritor habían fundado el Partido
Comunista de Cuba. Y él consideraba a Fidel Castro, de quien
no dudó en relatar sus orígenes como gangster, un traidor
de ese legado ideológico.
Todo esto trae a la memoria una anécdota por él contada
en televisión hace mucho tiempo. Aunque nunca tanto como para
olvidarla. Muy bien podría considerarse la radiografía
temprana del sistema político que se acababa de instalar. Y
comienza así:
Tras el derrocamiento del presidente Batista, los revolucionarios
victoriosos bajados de Sierra Maestra se congregaron para formar el
nuevo gobierno que regiría la isla en adelante.
- ¿Quién entiende de máquinas? -inquirió
el comandante Fidel a los presentes.
- Yo una vez, en mi pueblo, vi cómo arreglaban un camión
-saltó uno de los camaradas, aún con el fusil a su vera.
- Pues tú serás Ministro de Industria. ¿Hay alguien
aquí que sepa de pesca?
La gestión de ese importante recurso nacional terminaba recayendo
sobre alguien que, cuando niño, había zarpado en destartalado
bote junto a su padre.
Y en esa forma fue Castro asignando los altos cargos del Estado entre
sus camaradas de armas.
Llegó al punto en que solicitó: - ¿Quién
de aquí es economista?
El silencio hecho fue inmediatamente quebrado por la voz fuerte, rotunda
de Ernesto Guevara, el "Ché", que clamó bien
alto:
- ¡Yo! -con un indescriptible orgullo y alzado en pié,
como para que hasta el último lo oyera sin dificultades.
- Pues para tí, entonces, el Ministerio de Economía.
Tras acabar la reunión, uno de los asistentes se dirigió
con curiosidad al mítico guerrillero recién nombrado
en tan elevado puesto:
- Compañero "Ché" Guevara, yo sabía,
al igual que todos, que tú has estudiado Medicina. Pero no
que eres también economista.
- Y no lo soy -se extrañó éste-. Yo he entendido
que Fidel preguntaba "quién era comunista”. |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
|