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| EL INCREIBLE
VUELO DEL 'HOMBRE-SILLA' |
Larry Walters,
de 44 años, fue una vez más de excursión al turístico
parque Angeles National Forest, en California; caminó hasta
un remoto paraje y, ante la grandiosidad de aquel panorama natural,
se suicidó disparándose en el corazón.
Once años antes había protagonizado una de las más
sorprendentes e hilarantes hazañas de la historia de la aviación.
Una aventura que conmovió a América y, aún hoy,
cuesta creer que sucediera en realidad. |
Camionero
de profesión, Larry Walters siempre había soñado
con volar. Jamás recibió formación alguna sobre
vuelo. Pero ese “inconveniente” no habría de frenarle
en sus propósitos. Guardaba celosamente varias decenas de globos
sonda meteorológicos que, siendo solamente un niño,
había comprado en un almacén de excedentes de la Armada
bajo la firme determinación de ejecutar algún día
su proyecto.
Y el momento llegó, un 2 de Julio de 1982. El pequeño
patio trasero de la casa de su novia Carol, en la localidad californiana
de San Pedro, fue el emplazamiento elegido como eventual base de despegue.
Larry ató 42 globos a una silla de jardín -adquirida
en Sears- y los fue inflando con helio uno a uno. Su equipaje se compondría,
entre otras cosas, de una botella grande de gaseosa, un transmisor
de radioaficionado para alertar a otras aeronaves de su presencia
y comunicarse con su “tripulación” en tierra, un
altímetro y una escopeta de aire comprimido con que explotar
los globos cuando decidiese descender. La silla llevaba, además,
35 garrafas de agua amarradas alrededor como lastre.
Cuando el “Inspiración I” (así lo bautizó)
estuvo finalmente preparado, su creador se sentó a bordo con
un paracaídas e hizo una señal. Dos amigos soltaron
las sogas de nylon que mantenían el invento anclado al parachoques
del jeep de uno de ellos. Y sucedió algo imprevisto: Larry
salió impulsado hacia arriba a una vertiginosa velocidad de
5 metros por segundo que incluso le hizo perder sus gafas de sol.
Desde abajo, la media docena de colaboradores y curiosos congregados
veían cómo iba desapareciendo en el cielo, convirtiéndose
en un punto lejano y casi irreconocible.
Su ascenso continuó durante varios minutos hasta alcanzar una
altitud de 5.000 metros (16.000 pies).
Al parecer, el plan inicial consistía en haber subido suavemente
apenas unas decenas de metros, las suficientes para asegurarse buenas
vistas, y ser luego empujado por la brisa unos 90 kilómetros
a través del cercano desierto de Mojave, dónde debía
posarse sin problemas. Pero no había realizado cálculos
sobre la enorme fuerza de elevación encerrada en tantos metros
cúbicos de gas y la idea salió mal. |

Momentos antes del despegue, en el patio trasero
de la casa
(Fotografía de AP) |

Durante la rápida ascensión |
Su novia, desesperada,
se comunicaba con él por radio para conocer su estado de salud.
Estaba extremadamente intranquila ante el curso que tomaron los acontecimientos.
Larry permaneció flotando a la deriva sobre el cielo de Los
Angeles durante varias horas, mareado y medio congelado por las bajas
temperaturas. Y, aunque llevaba una cámara, la impresión
le impidió tomar una sola fotografía.
El piloto de un vuelo de la TWA transmitió perplejo a la torre
de control que había divisado en el aire a un hombre sentado
en una silla de jardín con un arma en el regazo. Y solicitó
para él la activación de un plan de salvamento. Poco
después otro piloto, de la compañía Delta esta
vez, informó de lo mismo.
Para entonces, Larry había dado orden a su equipo en tierra
mediante el radiotransmisor de que pidieran ayuda. Temía invadir
el espacio aéreo del aeropuerto, con el lógico peligro
que eso supondría. Y, desde el aire, él mismo sintonizó
también con un canal de emergencias para explicar su situación.
El operador de servicio no salía de su asombro conforme escuchaba
todos los detalles que aquél le iba dando para facilitar su
localización.
En su deambular, el náufrago celeste divisó desde arriba
el césped de un lujoso club de campo. Parecía el lugar
idóneo donde aterrizar y disparó balines a varios globos
para emprender el descenso. Pero el artefacto volador desvió
la trayectoria y terminó enredado en unas líneas de
Alta Tensión en la Calle 45,
un barrio residencial del nordeste de Long Beach. “Ahí
fue cuando yo me asusté,” -explicaría más
tarde sobre sus sensaciones mientras veía aproximarse las torres
eléctricas- “esas cosas te fríen”. |
El recubrimiento
plástico aislante de los cables evitó que Larry sufriera
daños, y los bomberos consiguieron rescatarle ileso tras cortar
la corriente en una zona de la ciudad durante 20 minutos. Mientras
estaba siendo detenido y esposado por la policía, declaró
jocosamente a un periodista que se había lanzado a entrevistarle:
“Uno ya no puede ni darse un paseo”.
En la modalidad de vuelo con varios globos, acababa de batir un record
mundial de altura. Pero nunca fue inscrito oficialmente porque no
reunió los requisitos ni el instrumental adecuado que lo registrara.
Muy disgustada, la Administración Federal de Aviación
(FAAD) le impuso 4.000 dólares en sanciones por cuatro infracciones
de su normativa: volar en un aparato sin certificado de aeronavegabilidad,
provocar riesgo de colisión con otros aviones, entrar en el
área de tráfico de un aeropuerto sin mantener comunicación
con los controladores de la torre, y poner en peligro vidas y propiedades.
No obstante, aceptaron varias alegaciones y se redujo el importe finalmente
a 1.500 US$.
Larry Walters gozó de cierta popularidad durante un tiempo
y abandonó su antiguo empleo en la empresa de camiones. La
noticia había salido publicada en los periódicos. Era
una celebridad. Le invitaron a varios programas de radio y a dos programas
de gran audiencia en la televisión: “The Tonight Show”
y “Late Night With David Letterman”. Incluso llegó
a ser requerido como conferenciante de manera esporádica en
seminarios sobre motivación. Todo lo cuál le hizo concebir
brillantes perspectivas en ese campo profesional que parecía
abrírsele de manera prometedora. Pero, hombre taciturno y de
pocas palabras, carecía de cualidades para la comunicación,
y pronto fue olvidado por el público. |

Sobre el cielo de Los Angeles
(Fotografía de AP) |
| Con sus apariciones,
apenas recaudó unos cientos de dólares; que, sumados
a los mil que la marca “Timex” le pagó en 1992
por participar en una publicidad de relojes, suponían bastante
menos del coste total de la aventura. |

La silla, tal y como se conserva actualmente
(Fotografía de Mark Barry, www.markbarry.com) |
Desengañado de
los resultados, volvió a su modo de vida sencillo. Siempre
había confesado amar la tranquilidad y la naturaleza, e ingresó
en el Servicio Forestal de los Estados Unidos. En el terreno emocional
recibió otro revés al ser abandonado por su novia Carol,
tras quince años de relación.
En muchas ocasiones se lamentó por no haber vuelto a ver nunca
más aquella silla, que regaló a unos niños del
vecindario en cuanto le bajaron los bomberos y creía ya perdida
para siempre.
Soltero, sin hijos, con su muerte únicamente dejó solas
a su madre y a dos hermanas. Quedan para el recuerdo las declaraciones
que realizó al diario "Los Angeles Times" cuando
regresó de la peripecia: “Tenía que hacerlo. Llevaba
veinte años soñando con ello, y si no lo hubiese llevado
a cabo, creo que habría terminado encerrado en un manicomio.
Nunca creí que, alcanzando mi meta en la vida, mi ilusión,
armaría tal revuelo ni conseguiría que la gente se riese”. |
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