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FARSANTE 6448
La Historia es como un gran caserón, repleto de múltiples estancias y rincones. Y, como niños, en sus recovecos juegan muchos a esconderse, con mejor o peor fortuna final.

Así, encontraríamos a quienes, incapaces de localizar París en un mapa, inventan no obstante su participación en los célebres disturbios de “Mayo del 68” francés. Incluso se señalan la zona del espaldar donde atesoran un imaginario porrazo descargado por los gendarmes, durante el fragor de las reivindicaciones callejeras.

Hallaríamos también a otros, en España esta vez, que, habiendo vivido muy confortablemente instalados en el régimen del general Franco, se confeccionaron luego un pasado a la medida de los nuevos tiempos como arriesgados activistas democráticos contra la dictadura, combatientes clandestinos en continuo tránsito por comisarías donde, en realidad, jamás llegaron a pisar. Como no fuera para delatar a alguien.

De este país, precisamente, proviene el sonado caso desenmascarado hace unos días:

Enric Marco es un octogenario vivaracho y parlanchín que no aparenta su edad. Quizás porque hasta en eso miente. Durante los últimos treinta años se ha hecho pasar por superviviente de un campo de concentración nazi.

Con falsos recuerdos sobre el horror, ha recorrido cientos de escuelas e institutos, inaugurado exposiciones de la barbarie junto a ministros de gobierno, y aceptado la presidencia de la prestigiosa asociación de deportados españoles “Amical Mauthausen”. En 2001, un organismo político regional le galardonó con su más importante condecoración. Y, fruto de su largo peregrinar dando charlas, el pasado 27 de enero de 2005 fue recibido con todos los honores en el Parlamento de la nación para pronunciar un conmovedor discurso.

- ¡Deportado seis mil cuatrocientos cuarenta y ocho! -escenificó a modo de escueta pero rotunda presentación el presidente de la cámara.

Y el hombrecillo (pues es pequeño de cuerpo, ¡y moralmente, no digamos!) entró por la puerta con el grave gesto que tan seria ceremonia requería.

- Cuando llegábamos a los campos de concentración en esos trenes para ganado –comenzó por decir afectado tras encaramarse a la tribuna de oradores-, nos desnudaban, nos mordían sus perros, nos deslumbraban sus focos...

Deslumbrados también, pero por tanta vivencia fingida, una diputada mojaba de lágrimas su escaño mientras otros se sobrecogían.

- Nos gritaban en alemán –prosiguió el impostor-. No entendíamos nada, y no entender una orden te podía costar la vida.

Así había ido difundiendo sin rubor este relato terrible, desde que en 1978 publicara su adulterada autobiografía “Memorias del infierno”. Incluso sus dos hijas y su compañera sentimental vivían convencidas de la veracidad de ese pasado dramático. Pero, dentro del cual, no escatimaba oportunidades de lucimiento personal. Como cuando un día fanfarroneó, ante las cámaras de televisión, de haber enseñado a jugar al ajedrez a un oficial de las SS. A quien, por supuesto, ganó luego.

El historiador Benito Bermejo llevaba tiempo sospechando de él. La primera vez que le oyó, encontró extraña su recreación en aspectos especialmente dolorosos de contar para los auténticos ex reclusos. Observó, además, que incurría en incoherencias y anacronismos históricos de imposible justificación. Y, llevado del presentimiento, Bermejo buscó en vano su nombre en los archivos de Flossenburg, en Alemania, donde decía haber vivido confinamiento desde 1943 hasta la liberación del campo por los aliados, el 22 de abril del 45. Tampoco le recordaban varios compatriotas preguntados que sí estuvieron allí en aquella época.

Justo cuando Enric Marco se halla en Austria, preparándose para asistir como representante de la agrupación que preside a un homenaje internacional a los deportados con ocasión del 60º aniversario de la liberación de Mauthausen, recibe instrucciones urgentes de regresar. Se ha concluido el informe del mencionado historiador sobre la farsa, y es destituido en cuanto llega.

Entidades y particulares han expresado públicamente su malestar por el engaño. Y las verdaderas víctimas del nazismo están indignadas con él, pues consideran que los revisionistas pueden aprovechar el suceso a su favor para continuar negando el holocausto.

Marco, que confiesa estar pasando por los peores momentos de su vida, ha pedido disculpas y justifica haber incurrido en la mentira porque “así la gente escuchaba más y su trabajo divulgativo era más eficaz”.

- He obrado con la mayor rectitud del mundo. No he hecho más que contar una historia cierta, y sin mi aureola de deportado no me hubieran escuchado –declaró a un agencia de prensa; para terminar añadiendo-. El fin justifica los medios.
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