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Un cronista relató
cómo en la II Guerra Mundial, durante
la feroz ofensiva nazi sobre Rusia,
un soldado alemán recibió un disparo en el pié.
Tras varios días de espantosos sufrimientos, insuficientemente
pertrechadas las tropas contra un frío glacial y sin recibir
atención médica alguna, un camarada del frente accedió
a revisar el estado del balazo; al tirarle de la bota, ésta
salió junto con el pié sin que el infortunado lo notara
siquiera.
La causa, como de casos similares, cabe buscarla en la gangrena, una
necrosis de los tejidos producida por
infección bacteriana, que puede acabar con la vida en pocos
días. La única forma de evitar una muerte
segura y horrible consiste en la rápida intervención
quirúrgica de extirpación
del miembro afectado antes de que se extienda por el resto del cuerpo.
Fue en el transcurso de la I Guerra Mundial (1914-1918) cuando más
se investigó la enfermedad, debido a la cantidad de casos registrados.
Los microbios que portaban los proyectiles,
junto con los existentes en la propia tierra de las trincheras, contaminaban
las heridas y provocaban fatales desenlaces. Se calcula que en el
transcurso de esa contienda, la gangrena produjo mayor número
de amputaciones que el impacto directo
de balas y obuses.
En la imagen, brazo en avanzado estado. |
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