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Bacteria devoradora de carne
En septiembre de 2002, Dan Morsette comenzó a sentir un agudo dolor en el abdomen. Carpintero de profesión en una pequeña población de Minnesota, pensó que se debía al manejo de pesados tablones en su última construcción. Tras consultar una web de información médica, se autodiagnosticó una hernia y postergó visitar al doctor hasta pasado el fin de semana. Pero el dolor se fue convirtiendo en insoportable, y la fiebre y frecuentes vómitos acudieron también a empeorar el cuadro. La mancha rosácea inicial bajo la piel había aumentado considerablemente de tamaño y tenía ya un intenso color rojo. Cuando al fin ingresó en un hospital, desconocía su gravedad y le condujeron rapidamente al quirófano mientras él seguía creyendo que no era sino un herniado más.

Padecía fascitis necrosante, o infección por la “bacteria devoradora de carne” como sensacionalistamente la ha calificado la prensa. Una poco frecuente enfermedad causada por el Streptococcus pyogenes principalmente, aunque también puede serlo por otras bacterias aerobias o anaerobias. Penetra en el organismo a través de pequeñas heridas, abrasiones en la piel o intervenciones quirúrgicas, y produce una necrosis del tejido celular subcutáneo hasta la fascia profunda. No responde bien a tratamiento farmacológico alguno. La única solución consiste en la extirpación de la piel y los músculos afectados con la esperanza de detener el rápidísimo avance.
Cuando Dan despertó del coma, varios días después, estaba bajo fuertes dosis de antibióticos. Hasta tres operaciones fueron necesarias para erradicar la infección, que había seguido avanzando sin control hasta cubrirle el 59% de su superficie corporal. Y otras tantas de cirugía plástica para reconstruirle una vez superadas las crisis que le mantuvieron en el umbral de la muerte.

Arriba a la izquierda se muestra su estado tras la tercera operación por salvarle, y al lado el resultado final tras la cicatrización de los injertos procedentes de su espalda y pierna derecha que le fijaron con 520 grapas de acero.

Su testimonio, cargado de optimismo, está publicado junto a otros muchos de supervivientes en un sitio web dedicado al tema.

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