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Polvo de Angel
Joven varón de raza negra de unos veinte años de edad que, bajo los efectos alucinógenos del peligroso Polvo de Angel, se despellejó la cara utilizando fragmentos de un espejo roto. Echó sus labios, nariz y las tiras de carne y piel a sus perros para que se los comieran. Además de las dos orejas, se arrancó también un ojo y perdió la visión del otro al seccionarse el nervio óptico.

El fuerte poder anestésico de la propia droga le mantuvo sin dolor y posibilitó su pervivencia hasta la llegada de asistencia médica. Pero nunca se recuperó de los irreversibles daños cerebrales sufridos.

Conocido químicamente como PCP y penciclidina, el Polvo de Angel ("Angel Dust") es una sustancia narcótica desarrollada por los laboratorios para uso veterinario en caballos. Su venta ilegal como estupefaciente entre humanos se ha popularizado desde la década de los sesenta cuando, en plena era hippy, las primeras dosis comenzaron a circular por las calles de San Francisco bajo el inocente nombre de “Píldoras de la Paz”. Junto a severas disfunciones físicas (rigidez muscular, fiebre, alteraciones del ritmo cardiaco y de la presión sanguínea, entre otras), puede actuar en forma de depresivo o estimulante y provoca impredecibles efectos psíquicos, similares a la esquizofrenia, que varían de una persona a otra: euforia, relajación, confusión, ansiedad, pérdida de la noción del tiempo y el espacio, distorsión de las percepciones, sensación de ingravidez (con resultado de varias víctimas por ahogo mientras nadaban), experiencias visuales y auditivas, e insensibilidad al dolor.

Bajo dicho estado, son posibles los episodios de pánico, psicosis tóxica y comportamiento agresivo capaces de inducir al asesinato, el suicidio o la automutilación -como en este ejemplo-.

La fotografía apareció publicada en 1996, en el libro de gran éxito en los Estados Unidos sobre ciencia criminal y forense “Practical Homicide Investigation”. Su autor, Vernon J. Geberth, es un antiguo mando del Departamento de Homicidios del Bronx, en Nueva York. Llevaba o supervisaba personalmente unos 400 casos anuales de asesinato; más de 8.000 muertes en 35 años de servicio. Desde su retiro de la policía, se dedica a enseñar a otros agentes de los diferentes cuerpos estadounidenses de la Ley en seminarios sobre técnicas de investigación y realiza frecuentes intervenciones televisivas como reputado experto, pues cursó además estudios universitarios de psicología criminal.

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