Tras
permanecer varios meses oculto desde el fin oficial de la Guerra
de Iraq, Saddam Hussein fue capturado el 13 de diciembre de
2003 a 30 km al sur de Tikrit, su tierra natal. La operación
de busqueda estuvo integrada por 600 soldados de la 4ª División
de Infantería de los Estados Unidos y miembros de las Fuerzas
Especiales. Aunque tenía una pistola semi-automática
y dos fusiles de asalto Kalashnikov
AK-47, no opuso
resistencia alguna durante el arresto.
Vencido, harapiento y sin futuro, el otrora todopoderoso y desafiante
líder asomaba a nuestras pantallas como la estampa del abandono.
Su derrocamiento ha permitido a miles de familias lanzarse en busca
de sus desaparecidos, de los asesinados por el régimen, removiendo
las arenas con las manos para destapar
cientos de fosas comunes esparcidas
por un Iraq mudo hasta entonces.
Los restos humanos que no portan documentos aguardan con paciencia
eterna la identificación de los suyos; un ropaje, una señal
distintiva, una característica en su dentadura,... Son rudimentarios
medios basados en el recuerdo, porque el uso de técnicas
de laboratorio resulta impensable dada la cantidad de cadáveres
devueltos por el desierto.
El dolor y la muerte, la pena que no se borra con una condena del
dictador. Y un Mundo que, mientras, miraba hacia otro lado.
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