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DELGADEZ EXTREMA
Se estima que, en todo el mundo, existen 8 millones de personas que sufren desórdenes de la alimentación. Algunas de las mujeres que aparecen en las siguientes imágenes, lamentablemente, han fallecido.
ANOREXIA NERVIOSA
Aunque su primera descripción clínica data de 1694, el término anorexia fue acuñado en 1874 por el médico inglés Sir William Gull. Del griego an (negación), y orexis (apetecer), puede traducirse como “ausencia de apetito”, e identifica un peligroso desorden alimentario en inquietante aumento en el mundo industrializado. Hasta el punto de que algunos autores lo han llegado a calificar de auténtica “epidemia” de nuestros días. Afecta principalmente a las mujeres (1 de cada 200), de entre 12 y 24 años; aunque también a las mayores de esa edad, e incluso se ha observado en niñas de 7 años. La anorexia nerviosa -o nervosa, en referencia a su carácter psicológico- aparece incluida en los “Trastornos Mentales y del Comportamiento” dentro de la Clasificación Internacional de Enfermedades elaborada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que la define como “una perdida deliberada de peso, inducida o mantenida por el propio enfermo”.

También la Asociación Psiquiátrica de los Estados Unidos contempla en su “Clasificación de los Trastornos Mentales” la anorexia, que suele presentarse asociada a otras perturbaciones tales como alteraciones de la personalidad, depresiones, obsesiones, fobias, etc. Cuando no también al alcoholismo y la drogadicción.

La anorexia no se cura sólo con realimentación.

Los enfermos reciben una percepción distorsionada y delirante de su propio cuerpo. Se creen gordos aún estando por debajo del peso normal, y sienten un intenso temor a la obesidad. Desembocan en un deseo patológico de adelgazar que les lleva a preocuparse obsesivamente por la ingestión de calorías que realizan (en algunos casos, incluso contabilizándolas con una calculadora electrónica durante las comidas). Aumentan exageradamente el ejercicio físico, en forma de gimnasia o de frecuentes caminatas (al trabajo, al centro académico, paseando por la habitación mientras estudian). Es habitual que se quejen constantemente de estar obesos o padecer celulitis. Suprimen de su dieta un número creciente de alimentos -y hasta de líquidos-, comenzando por aquellos que más grasas aportan (dulces, pan, patatas, fritos, etc.). Prefieren comer a solas. Ayunan. Y recurren a laxantes, diuréticos, reductores del apetito. O se provocan el vómito.
Los resultados no tardan en mostrarse: alarmante pérdida de peso sin causa aparente para los demás, detención en el ritmo de crecimiento si la persona está aún en edad de desarrollo, sequedad de piel, mareos, ansiedad, decaimiento, tristeza, irritabilidad, o aislamiento de la familia y amistades, entre otros.

Las consecuencias más habituales sobre la salud suelen ser anemia, descalcificación, osteoporosis, deshidratación, fallos renales, hirsutismo (aparición de vello corporal en zonas donde antes no existía), hipotermia (frío), hipotensión, arritmias cardiacas, problemas intestinales, y deficiencias tiroideas y hormonales de las que resulta escasez, irregularidad o desaparición de la menstruación. La desnutrición provoca trastornos mentales que refuerzan el deseo de seguir adelgazando, instaurándose así un horrible círculo vicioso psíquico difícil de superar.
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De manera progresiva se producen daños en todo el organismo a nivel digestivo, hematológico, circulatorio, cardiaco, metabólico, hepático, óseo, renal, genital y cerebral, que pueden llegar a ser muy graves e irreversibles.

Según diversas estadísticas, un 40% de pacientes anoréxicos se curan totalmente tras un periodo de tratamiento que suele oscilar entre los 2 y 4 años de duración, aunque arrastrando de por vida algunos de ellos irrecuperables lesiones. Entre el 5 y el 10% se suicidan o mueren por fallos cardiacos derivados de la malnutrición. El resto no logra una curación total y evoluciona, en mayor o menor grado, hacia una cronificación.
Karen Carpenter, víctima de la anorexiaEL CASO DE KAREN CARPENTER
Componente junto a su hermano Richard del dúo musical “The Carpenters”, célebre en las décadas de 1960 y 70, Karen falleció víctima de la anorexia a los 32 años de edad, en pleno éxito profesional. La pareja cosechó en su carrera 3 premios Grammy, 8 Discos de Oro, 10 Singles de Oro y 5 Álbumes de Platino. Karen Carpenter llegó a ser considerada como un símbolo de la cultura americana de aquellos años. Y, posiblemente, la carga de esa responsabilidad la condujera hacia tan trágico final. En 1967 comenzó una estricta dieta prescrita por su médico para rebajar el moderado sobrepeso que venía padeciendo. Pero en 1975, pese a haber alcanzado satisfactoriamente la talla deseada, desoyó los consejos de su consternado entorno y continuó por su cuenta con el régimen. Al día se atiborraba con docenas de píldoras adelgazantes, y vomitaba sistemáticamente el escaso alimento que ingería. Estaba tan débil que se veía obligada a permanecer acostada entre actuaciones. Y ese mismo año llegó a desplomarse sobre el escenario, en Las Vegas, mientras cantaba “Top of the World” (“La cima del Mundo”). Inmediatamente ingresada, los médicos constataron que tenía un peso 16 kilos por debajo de lo que le correspondía por su complexión, y fue entonces cuando comprendió que tenía un importante problema.

Durante ocho años batalló sin éxito contra la enfermedad, insuficientemente apoyada de manera ocasional por un psiquiatra. Con una estatura de 1,62 m. llegó a pesar tan sólo 36 Kg.

En la mañana del 4 de febrero de 1983, una ambulancia acudió al domicilio de Karen Carpenter en Downey, California. Su madre la había hallado desnuda e inconsciente sobre el suelo del vestidor. Tras una hora de infructuosos intentos de reanimación, Karen fallecía en el servicio de urgencias del hospital donde la trasladaron. Sufrió una parada cardiaca provocada por los fatales deterioros que la desnutrición había causado en su corazón.
BULIMIA
Inicialmente concebida como una dolencia de origen físico, la bulimia es hoy aceptada como un desorden neurótico y se halla minuciosamente descrita desde 1979. Su raiz etimológica se hunde también en el griego: de bous (buey), y limos (hambre), en alusión a “tener un apetito de buey”. Su incidencia sobre la población es más frecuente que la de la anorexia. Se caracteriza por episodios repetidos de ingesta excesiva de alimentos, acompañados de una sensación de pérdida de control sobre cada toma y de conductas compensatorias como el abuso de diuréticos, laxantes, ejercicio físico, pastillas adelgazantes, el vómito autoinducido, etc. (estos recursos radicales y el sentimiento de culpabilidad que abate al enfermo tras un atracón, curiosamente entroncan con los métodos de castigo y penitencia utilizados por religiosas en la época feudal: la Historia describe cómo la monja Caterina de Siena, en el siglo XIV, evacuaba sus culpas a través del vómito y de las hierbas con acción diurética).

No son pocos los casos de bulímicos a quienes ha habido que retirarles quirúrgicamente del tracto digestivo palos y cucharas atascados, con los que se maniobraban para devolver.

Junto a diversos factores biológicos y psicológicos (desequilibrios químicos) que desencadenan o predisponen a la anorexia y la bulimia, se cita cada vez más la importancia de la presión social. La imposición mediática de unos cánones de belleza basados en la extraordinaria esbeltez, la preocupación creciente por el aspecto físico y la aspiración generalizada de obtener un cuerpo perfecto pueden estimular sentimientos de rechazo hacia la comida en adolescentes y adultos. Prensa y televisión transmiten constantemente a la audiencia un reflejo irreal de la vida, imágenes de mundos artificiales creados por la industria de la moda y la publicidad por donde deambulan cuerpos de medidas imposibles, que muchos se sienten obligados a copiar para no experimentar fracasos.

Según un estudio presentado en 2002 por el psicoterapeuta Guenther Rathner de la Universidad de Innsbruck (Austria), en el curso del X Congreso Internacional sobre Trastornos de la Alimentación que se celebró en Alpbach, la mitad de las modelos actuales muestran síntomas de anorexia. Cincuenta de estas profesionales seleccionadas habían reflejado en los cuestionarios una inquietud excesiva por la figura y la comida, a pesar de registrar un peso muy bajo.
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